abril 14, 2014

De loros.

El veterinario recibe a la chica: diecipocos, pelo lacio apegado al cuello, franca sonrisa. “Se me infectó el hombro”, dice. “¡Oh! Pero eso tendrás que ir a que te lo mire un médico, porque yo sólo...”. “Fíjese, fíjese”, interrumpe la joven; y todo era que en su hombro habitaba tatuado un loro multicolor que llevaba alicaído los últimos días.

abril 09, 2014

Zancos.

Al perro -uno gris, alto, de potente zancada- lo andan buscando por aquí cerca: en las cuevas, en las pozas, en las surcas de las carretas. Gritan su nombre, lanzan carne, concentran agua, pero hasta aquí no llegan. Me preocupé bien de cerrar el paso, porque ahora que él me ha encontrado, no quiero volver a estar solo.

abril 05, 2014

Elodie.

Cuando Medardo está a punto de quedarse dormido, se acuerda de ella, de los días pasados, de los pasos al compás, de su admirable sonrisa. Los recuerdos le vuelan, y le vacían por dentro. Siente un frío que no consigue mitigar. Toma su única manta y la arrulla a su vera. La abraza como si fuera ella:
-Buenas noches, Elodie.
Un beso, y el sueño. Por la mañana temprano descubren el cuerpo inerte de Medardo, el azul de su piel en alto contraste sobre los cartones del callejón, los brazos rígidos, como abrazando algo. Ella ha vuelto a irse.

abril 03, 2014

Doble mínimo.

Es metódico, puntual, racional, pero también humano. Hoy llega tarde a casa. Cuando quiere acostarse, se descubre a sí mismo, ya durmiendo –ya es hora– en su cama.

-Debo estar soñando –se dice, para apaciguarse.

Personales.

A veces soy importante para alguien. Al menos tan importante como para merecer que me envíen cartas. Claro que sé que se confunden, que reciben un nombre como el mío de oídas y cuando lo llevan a escrito les sale otro: les salgo yo. A veces un nombre tan común como el mío tiene esas ventajas, máxime si en él se incluye alguna de las bromas a costa de las haches, las bes o las uves: Elias Bergarra, pero también Eliseo Berzarra, Helio Vergara o Elisa Bérgama. Me llegan cartas de los confines conocidos del mundo: jóvenes enamoradas con descaro que enumeran cada una de las tardes que me echaron de menos, tanto es el daño de la ausencia; hermanos que nunca tuve y que me envían recuerdos no ya de ellos, sino de otros hermanos, otros padres y otros sobrinos también distintos a los propios; milicianos anónimos -¿qué nombre pone una guerra?- que, dicen, están bien, confiados en las posibilidades del mando, optimistas con las noticias que llegan tras de cada silbido ajeno, jóvenes deseando volver a casa cuando alguien pare el juego; marineros en las tierras de puertos distantes que de regreso me traen maravillas ignotas, y que yo imagino como pago silencioso por otras mujeres también ignotas; e incluso algún anónimo: me vieron en la sala de baile –no a mi edad-, en el banco –no a mi alcance- o en el hospital –no a mi voluntad- y escriben para que lo sepa, que sepa que me vieron (alguna letra admira, otra amenaza). Guardo estas cartas en la carpeta verde de “Personales”. Porque yo guardo las cartas, todas: me gusta volver a ellas e imaginar cómo la realidad acaba de encajarse cuando no se saben según qué cosas, cuando se tiene algo de la cabeza ocupado en rellenar lo que falta, cómo imagina la madre lo bien o mal que le pueden ir yendo las cosas al hijo que salió a trabajar y que prometió escribir cada mes, cada dos a lo mucho. Las demás van a la marrón, a la carpeta de “Otros”, donde recolecto aquellas multas que llegaron sin querer, cédulas reales citándome para alguna condecoración, respresentantes de instituciones que quieren entrevistarme para sus flamantes revistas de divulgación, avisos de censos y estadísticas que requieren de mayor dato para completar lo que para ellos sea, suscripciones a noticieros de eventos tan lejanos que llegan suaves, como posar de mariposa, muestras del último avance cerámico para la tabicación de casas, ejemplares antes de imprenta de la última novela histórica, cartas en un blanco sepulcral o esta última que llegó hoy, del Real Gobierno Peninsular, en la que su máximo respresentante se dirige a mí, bajo el título de Coronel, lamentándose y exculpándose por la demora en la concesión de mi pensión vitalicia, poniendo a mi servicio todos los medios y poderes oficiales para resarcir la tan dilatada injusticia y agradeciendo mucho mis servicios prestados en la honra y defensa de la integridad territorial de la tan querida nuestra patria. Le enseño la misiva a Mirta y le pregunto qué es de suponer que debo hacer con ella. Mirta levanta la mirada en la distancia, dirige un segundo sus orejas hacia mí y después regresa al pasto, tran tranquila como estaba. Yo regreso al montón de cartas. Por error me llega todo aquello a mí. Por error tomo la última y la guardo en la carpeta verde: “Personales”.

marzo 30, 2014

Chispitas.

“¿Jugamos a dibujarnos la espalda?”, propuso Ella.
“¡Y claro!”, asumió Él, como no podía ser de otro modo.
Comenzó por lo más sencillo –siempre se comienza por ahí-, deslizando el dedo por la espalda de Ella hasta completar algo parejo a un círculo.
“Una ‘o’”, adivinó Ella.
Él complicó la cosa con un nuevo círculo que encontraba, antes de cerrarse, una barrera infranqueable.
“Una ‘ge’”.
Un paso más, y a la leve cordillera se le sumó una virgulilla que parecía otear desde un horizonte marino.
“Una ‘eñe’”.
Tenía que aprovechar. Era un juego, como tantos otros que habían compartido, pero ya él notaba –sabía– que al juego le iban saliendo unas alas como de señora mayor, de cosa seria, y por eso que tenía que aprovechar, incluir el elemento sorpresa, la declaración velada. Su índice partió del centro de la espalda de Ella, y dibujó primero un arco prolongado con un breve segmento rectilíneo. Dibujó después la parte simétrica al otro lado de la espalda. Pensó que así, con aquél volumen que le daba Ella, era bonito, el corazón.
“Vuelve”, pidió ella, tras de un breve silencio contemplativo.
Y volvió Él al mismo dibujo, sin necesidad de borrador.
“No sé... ¿Una ‘o’ amorfa?”
"M, m", negó Él en silencio. Puso más mérito en el nuevo intento, realzando lo diferencial del icono.
“¿Una ‘be’ torcida?”
¿Y el fallo? Él era el artista. Tal vez era un problema de abstracción. Una ‘ge’ o una ‘be torcida’ no eran más que abstracciones de golpes de voz, pero un corazón... ¿Qué abstrae un corazón? Sí, abstraía su mensaje eterno, pero esto era algo que debía dispararse en la mente de Ella. Dejó a un  lado la sencillez y volvió a la figuración mimética, dibujando una vez más un nuevo corazón, ahora en todo su esplendor: con sus cavidades, sus vasos aferentes, sus válvulas, su septo interventricular e incluso con su complejo entramado del haz de Hiss y sus fibras de Purkinje, con una grafía tan detallada que pareciera que únicamente le faltaba latir, si era que aún no lo hacía. Ella aguantó paciente la impronta de todos aquellos surcos, trazos y virajes y preguntó:.
“¿Tú estás loco, o algo así?”

“Algo así”, contestó Él, con chispitas en los ojos.

marzo 27, 2014

La luz.

Era alta la noche cuando vi la luz, blanca de todos los colores. Primero fue un reflejo en las herramientas, luego una realidad suspendida entre los árboles, lejos unos cincuenta metros. No parecía extraña a mi presencia, sino todo lo contrario, cuando la luz empezó a medrar al tiempo que se acercaba hasta una posición -que hasta entonces creí segura, tranquila y libre de sospecha-, titilante, como vacilando a cada paso aún sin pasos, flotando a un metro del suelo pero aún queriendo asegurar el firme. Su compañía alejó la paz. Ya la luz había crecido hasta el todo, un todo cegador que me delataba y que me quitó la sangre cuando vino acompañada de aquella voz conocida que amenazaba mis planes:

-¿Pero qué haces cavando a estas horas, muchacho?

marzo 25, 2014

MEDIA VIDA.

El gato, precipitado desde un mal viento en la cornisa del piso catorce, ha caído de espaldas –en contra de lo que podría esperarse– sobre el pavimento de junta y hormigón. El gato sólo presenta –en contra de lo que podría esperarse– heridas superficiales en su ego. 

Palabras de reciénvenido.

Pasada la conmoción inicial, se quiso saber: investigadores, científicos, policías, librepensadores y poetas cercaban la vivienda del reciénvenido. Esperaron semanas, meses y años hasta que se certificó que el protagonista ya podía hablar y ser interrogado. Tanta esperanza en vano: él tampoco recordaba qué era lo que había hecho para nacer.

marzo 24, 2014

Como largo

como largo
está el río, largo
cristal de sombras
que llegó del llanto

cayó fina
la lluvia, cayó
ahogando flores
negras de leve marzo

qué espanto
el río muerto,
qué espanto

negro el sol
negro el baño
negras las bocas
en tu lecho regazo

le cantan
las piedras salmos,
penas de amor al agua
que las hicieran cantos

qué espanto
el río muerto,
qué espanto

dobla la
lengua envenenado
tose el aire por leal seco
sale el aire, queda el halo

quieren los
niños crecer humanos
pero así no, río,
así no jugamos

qué espanto
el río muerto,
qué espanto

un río muerto

en cada mano