diciembre 26, 2011

Con ustedes

Una masa viscosa, con tendencia al verdor, apareció titilante sobre el pañuelo de seda ante la atónita mirada de la hasta entonces entregada audiencia. Fue entonces que el joven mago supo del error: la urgencia de los estornudos sufridos en las bambalinas le había jugado una mala pasada. «Esperen», acertó a decir en un tono envuelto en sopor. «Esperen», repitió aún, antes de llevarse la mano al bolsillo para extraer un segundo pañuelo, acercárselo a las narices y hacer sonar de ellas un ramo de flores de papel autoextensible, dos sogas de nudos correderos, unas anillas de imán, cuatro bolas de billar del nº8 y a Burlo el Conejo, que dio las gracias a todos por ser tan fantástico público.


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agosto 30, 2010

Del (buen) lado

La puerta queda abierta. La ven y se marabuntan sin concierto para pasar a través de ella, sin reparar en que su paso impide el mio. Unos pisan, caen o saltan sobre otros. Espero paciente al último de ellos para llegarme al otro lado, atraer la puerta a su marco y echarle llave. Los he encerrado. De mí.


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mayo 02, 2010

Queherer

Núhila se ha incorporado de repente de un prometedor inicio de siesta. Ha descubierto que llevándose la mano al pecho puede notar un bumbumteo interno, rítmico y contínuo. Está ahí cuando quiera hacérselo notar. Suyo. Baja de la cama, atraviesa las propiedades de la casa y el patio y sale a la calle. Suyo, duda ahora. Tienta la calle y se decide por un niño de pelota que juega a rebotar una pared. Se le acerca y, con una mano en el pecho propio y otra en el ajeno, compara. El niño tiene su propio redoble «ahí» dentro, pero es algo más veloz que el suyo. Repite con la mujer que cuida el paseo de la anciana de Enemías, con el chico que lee bajo los plátanos del paseo, con un nieto escolar y su abuelo y, en fin, con cuantos cruza camino. Descubre que todos ellos tienen ese algo recién conocido, pero ninguno como el suyo: unos le van a la carrera, otros le rezagan. Ha seguido buscando toda la tarde hasta que una de sus manos ha encontrado un pulso idéntico al que bañaba la otra de modo tal que podría haberlas intercambiado sin darse cuenta de que le habrían cambiado el pecho. Bum bum bum el suyo, bum bum bum los dos. La coincidencia y la alegría por el encuentro agota un breve lapso de tiempo. Núhila se concentra en las manos. Su tamborcito ha empezado a acelerarse.


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noviembre 24, 2009

Sombras contadas

La negra tiene un sueño de trópico que vive lo que la noche viva. Lívoro sabe de esto y no toma precaución en despertar el silencio al levantarse del lecho, elegir del ropero el mismo pantalón y la misma zamarra de siempre, calzarse unas algo raídas alpargatas y salir del cuarto y de la casa entera dejando que la brisa fresca de la madrugada acabe de ajustar las puertas. El terreno afuera es vasto y llano pero se acompaña de un cayado por si la vejez le hace montañas. Y camina así a lo recto hasta hallar camino entre los roques que lo franquean. Uno de ellos, compañero amigo, tiene una concavidad a la justa altura del asiento humano, confortada por los musgos que le crecieron a la sombra. Sentado en ellos, Lívoro extrae la faca del pantalón y tomándola entre unos dedos que tiemblan con incipiencia rasca una muesca en una de las paredes de la roca, junto a las que hizo año tras año. Pasea la mano por sobre de las marcas y las cuenta en silencio aún moviendo los labios para asegurar el número. Antes de que muera la noche y de ella nazca el día y del sueño la negra, estará sentado de nuevo en la cama, esperando una mirada de estreno que recibirá con un «Felicidades, negra» al que añadirá, luego de tantearse las yemas como si muescas tuvieran, un «Setenta y tres ya, pantera».


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noviembre 02, 2009

Poda

Al árbol del verso le pasó la poda. Le cayeron hojas blancas y le crecieron ramas de puntos suspensivos.


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octubre 30, 2009

Carrizo

La tapicería de Blísifo la encuentra uno en el pico del pueblo, escondida entre casas vulgares, miradas de balcón y, por lo habitual, las espesas cortinas del atardecer. Blísifo sabe que los de tapicería son, de lejos, los escaparates más tristes de una ciudad, de ahí que prefiera mantener el suyo vacío e inadvertido, sin rótulo ni lamparitas como de borda de barco que indiquen el oficio. Como único reclamo se vale de su perro, un magnífico ejemplar de mastín que pasa las tardes tumbado junto a la puerta, de modo tal que uno no pueda entrar al comercio sin tentarse de acariciarle la pelambrera, tupida y brillante, del color del vino tinto derramado en mesa de roble. Así uno quisiera que su tresillo, su cheslón, su balancina, quedaran con el tacto de Fiero (Blísifo nunca le puso ese nombre, ni ningún otro, de ahí que todos le den por igual), que pudiera recorrer con las yemas caminos bajo su pelo, que respondiera a las palmaditas sobre el respaldo con la misma indiferencia que Sombro, que doblegaran las patas al tomarlas por las muñecas como hace Carrizo o incluso que viniera a nuestro costado con un simple chascar de los dedos. Y créanme que Blísifo se esfuerza en ello, pero chico, dice, no hay mueble como el bicho ése. Y pues, nos conformamos con la envidia de ver como tarde a tarde su nieta entra a saludarlo tras tomar clase, le besa, se recoge el pan de cacao que le pertoca y sale a merendarlo al exterior, sentándose a lomos de Espagueti, su sillón favorito.


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octubre 17, 2009

Imo

Un peine caoba de infinitas púas, todas ellas cayendo del mástil en una infinita y enrevesada melena.


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febrero 26, 2009

Sarita

Abrazarte me hace latir a ambos lados.


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enero 23, 2009

Pez chico.

La señorita ha sido servicial y solvente y, prometiéndome una pronta atención, me ha traído a esperar en una sala repleta de ventanales que, no obstante, ha tenido la amabilidad de iluminar por artificios de filamentos. Sonríe y marcha: ocupo una de las breuer de imitación y me siento a esperar. La sala hace chaflán y parece agradable pese a lo recargado de la yesería ornamental. Bajo uno de los cargaderos del arco que salva la simetría de la estancia alguien acodó un refinado mueble de madera que hace las veces de soporte para un acuario de no más de metro por medio por medio (largo por ancho por alto) en el que nadan como dos docenas de pececitos y alguna que otra pelusa. Desconociendo cuán larga será la espera, sumerjo mi distracción en la privacidad del mueble-acuario. Pienso si tal vez el acuario no estará allí a modo de improvisado depósito de agua para regar por goteo el mueble y conseguir que éste crezca sano y lozano y demás rimas. Los peces, claro, nadan, pero parecen hacerlo sin dirección concreta. Al tiempo se encuentran unos con otros y parecen saludarse, hola señor Pez, hola señor Pez. Dudo que tengan otros nombres que señor Pez. Pienso que pez sufre la misma desgracia que siete, no ofrecen sinónimos veraces. Me fijo y veo que también hay otras especies más extrañas: son seres transparentes y esféricos que tan sólo saben nadar hacia lo alto hasta que de golpe blup y se transforman en superficie. No, miento: son burbujas. De una de ellas me arranca una voz.

-¿Robredo? ¿Es usted?
-Sí -respondo, sacudiéndome el acuario de encima.
-Bien, véngase conmigo, tenemos que hablar. Nos debe guita.

Me levanto y le sigo, pez chico.



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enero 10, 2009

Fatua

A ladera de fósforos,
trineo de lija.


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