La señorita ha sido servicial y solvente y, prometiéndome una pronta atención, me ha traído a esperar en una sala repleta de ventanales que, no obstante, ha tenido la amabilidad de iluminar por artificios de filamentos. Sonríe y marcha: ocupo una de las breuer de imitación y me siento a esperar. La sala hace chaflán y parece agradable pese a lo recargado de la yesería ornamental. Bajo uno de los cargaderos del arco que salva la simetría de la estancia alguien acodó un refinado mueble de madera que hace las veces de soporte para un acuario de no más de metro por medio por medio (largo por ancho por alto) en el que nadan como dos docenas de pececitos y alguna que otra pelusa. Desconociendo cuán larga será la espera, sumerjo mi distracción en la privacidad del mueble-acuario. Pienso si tal vez el acuario no estará allí a modo de improvisado depósito de agua para regar por goteo el mueble y conseguir que éste crezca sano y lozano y demás rimas. Los peces, claro, nadan, pero parecen hacerlo sin dirección concreta. Al tiempo se encuentran unos con otros y parecen saludarse, hola señor Pez, hola señor Pez. Dudo que tengan otros nombres que señor Pez. Pienso que
pez sufre la misma desgracia que
siete, no ofrecen sinónimos veraces. Me fijo y veo que también hay otras especies más extrañas: son seres transparentes y esféricos que tan sólo saben nadar hacia lo alto hasta que de golpe blup y se transforman en superficie. No, miento: son burbujas. De una de ellas me arranca una voz.
-¿Robredo? ¿Es usted?
-Sí -respondo, sacudiéndome el acuario de encima.
-Bien, véngase conmigo, tenemos que hablar. Nos debe guita.
Me levanto y le sigo, pez chico.